Ángel Giménez Giménez

Angel Giménez y Rafael Alberti

Angel Giménez y Rafael Alberti

Nació en Roquetas de Mar en la calle Sta. Ana nº 5 en una casa de alquiler de apenas dos habitaciones que había sido un establo, por eso le llamaban “la casilla de la burra”, se crió en el puerto jugando en el rebalaje cogiendo coquinas, cangrejos y almejas. Fue al colegio con D. José Maldonado y después al colegio de las Lomas. En el año 1975 o 76 dejó la escuela , se puso a trabajar en el campo y con sus primeras mil pesetas se compró una Biblia. Tanto sus vivencias como la influencia de Rafael Alberti, Félix Grande y Goytisólo entre otros, le llevaron a la poesía desde muy joven. En 1984 escribió “Un grito de paz”, en 1985 “Un canto a Alicia”. Junto con Leonor Cruz, Ana Martínez, José Antonio Baeza, Antonio Carbonell fundaron la revista “La Orilla”. En los años 80 se crea la asociación “Caminos de vida” ocupándose de talleres de cómic, periodismo, poesía, organizando pasacalles y campañas contra los juguetes bélicos y sexistas. Entre 1986-87 colaboró con el grupo de teatro “Axioma” pero en este año se ve inmerso en una profunda depresión, diagnosticada después como esquizofrenia paranóide de la que estuvo en tratamiento varios años.

A partir de este momento lleva 17 años trabajando de barrendero y va publicando sus obras “Cantares”, “Ir de devenir de un poeta“ y “Pan y Cebolla, “Cuentos pa niños grandes” en 1987, por último, en el 2005 publica el libro “Antología Poética”. Es un gran aficionado a la fotografía y ha sido fotógrafo oficial en la inauguración del pabellón Infanta Cristina. Algunos de sus trabajos fotográficos han sido expuestos en la cafetería Manila bajo el título genérico “Las estampas de la luz” donde muestra la belleza de los amaneceres en el puerto de Roquetas de Mar desde una óptica distinta. Pero también tiene gran sensibilidad al captar con su cámara situaciones cotidianas de personajes marginales donde la expresión de denuncia, realidad y sentimiento se hacen patentes.

Sonrisa
Viví la locura de amar,
de sentirme ave
en el cielo más claro y transparente
de los hombres desorientados
en su ciega felicidad.

El hombre y la mar
Cuando ayer es quizá todavía evoco,
sin que tú lo sepas,
el latido sonámbulo del abrazo
cuyo calor se sedimenta
allá por la boca del espíritu.