Cortijos de Marín

Pedro Marín Gutiérrez posee una casa que llaman Cortijos de Marín, situada en el campo de Roquetas, en la canal, o saladar, se compone de 5 cuartos bajos, una caballeriza y un horno de cocer pan. Este vecino de Vícar, uno de los primeros en poblar Roquetas, se instaló en este lugar estratégico desde época romana, y luego refugio de moriscos huidos de la batalla de Felix.
De muy antiguo estos parajes eran el cruce de caminos más importante del campo oriental de Dalías, se cruzan el camino de Dalías y el camino de las Salinas Viejas hacia Vícar.

Paso obligado de “marchantes, charlanes, arrieros y compradores de cereales“, y por tanto tenía una inmejorable ubicación para la fundación de unas ventas. Posadas que permanecieron en funcionamiento más de 200 años, “a mediados del siglo XIX los dueños de la venta eran Juan Fernández (apodado Juan León) y su esposa Ana Romero”, o la llamada de “Luís Burgos”.
Después en los años cuarenta del siglo XX, en la postguerra, pasan por los Cortijos de Marín una gran avalancha de estraperlistas de Dalías hacia Roquetas, caminantes de veredas nocturnos.

No solo pasaban personas por este paso, las balsas de terriza delataban la necesidad de abrevar grandes hatos de ganado que pasaban de paso, y de los propios de los Cortijos de Marín, así como los pozos con abrevaderos de cantería, como el de la Tía Rosalía, sito a 50 metros de la nueva ermita de San Antonio, trasladada ésta desde su enclave original y antiguo, situada en el haza de la ermitica pegada al camino que sube a Vícar, al verse afectada a finales del XIX por la gran nube de Santa Rosa que “abrió todas las ramblas de la comarca”.
En la década de los cuarenta, nos habla Antonio Fernández, “hacia el sur de la venta había una hectárea de terreno que era realengo, llamada vulgarmente el Lejío, era zona comunal para los vecinos, poblada de eras para la trilla y descanso de los ganados en sus salidas y entradas de los corrales”.

Otros elementos indispensables para superar la dureza de los secanos fueron las norias y balsas, como la del Jopo y el tío Francisco, aljibes como la del tío Nicolás, y otros pozos como el del hoya la Jiña, el de los Carboneros, y el de la Ventilla entre otros.
La balsa abrevadero más emblemática fue la de la Romera, cuya cañada Real era paso de ganado, siendo históricamente un mojón clave en todos los deslindes comarcales. Son los cortijos con sus familias, alacenas, eras, hornos y pajares, los que dan sentido a este precioso paisaje, hazas de labranza y pastoreo, la cebada, las higueras y los huertos de pencas, recogidos en balates de piedra seca que aclaran “lo tuyo y lo mío”, el discurrir de la “Cañada del Algarrobo con sus cuevas de lobos hechas sobre piedra viva o lastras semienterradas”, hacia el norte la antiquísima “la Canal” junto al Saladar, donde apresaron en 1569 al niño Diego de la Canal, esclavo, cristiano nuevo escriturado en Almería.

Familias, apodos y cortijos se mezclan y hacen una tierra: como los Ruiz, Perales, “Peretes”, García, “los Pepas”, “los Perichos”, Moreno, Fernández, Cara, “los nenes”, “los Chuscos”, Martínez, Fuentes, “los Jabos”, Villanueva, “los Jopos”, los López, “Pillabichos”, “la Jiña”, los León, Escudero, Navarro, Morales, los Dámasos, el Charrito, los Duranes, Luís Ruiz, y otros muchos, perdón por los que se nos escapan.
Extraido de: Museo Gabriel Cara

Presentación de las siguientes fotografías:
1ª Pilar abrevadero y chimenea del cortijo de los Fernández López, bisabuelos de Gabriel Cara González por parte de la abuela paterna junto a los Pepas.
2ª Pozo junto a la curva de los mercados, al lado del cortijo del Lilí.
3ª Aljibe del cortijo de Nicolás León.
4ª Cortijo del Charrito.
5ª Dintel de madera en ventana, con muro en piedra viva y tierra enfoscado con arena y cal.
6ª Cortijo de Manuel Gutiérrez y Miguel Moreno.
7ª Cortijo de Luís Ruiz Perales.